A vuelapluma

A vuelapluma


Eusebio Cedena

Page se hace un búnker

MORTAL Y ROSA. Ya se ha visto que el sanchismo no era para tanto. Con su aura de inmortalidad invulnerable, de pronto ha devenido en miniatura y se ha vuelto espasmódico. Mortal y rosa, empieza a cuartearse. El roto de Madrid ha dejado el régimen herido de gravedad y el PSOE, que estaba en coma inducido, ha comenzado a resucitar, como si un resorte hubiera reactivado desde la Puerta del Sol sus funciones orgánicas esenciales. Isabel Díaz Ayuso, la nueva musa del PP, ha dado también un poco de vidilla a las silentes baronías socialistas, que empiezan a removerse en sus territorios, despertando hostiles del letargo. El poder siempre uniforma a los partidos y les pone la corona de intocables, pero en cuanto empiezan a olerse los colores del ocaso estallan los nervios y sale de golpe toda la tensión acumulada. Obviamente la gesta de Ayuso sobre el sanchismo no es la victoria final y definitiva, tan solo una batalla, pero el golpe ha reventado las costuras de la izquierda y se vislumbran todavía mayores consecuencias. Una cosa ha quedado clara: que el sanchismo es sólo una vertiente poderosa del PSOE y que, llegado el caso, se elegirá la amputación antes que la muerte. El Gobierno ha sido cuestionado en la completa amplitud de la derrota madrileña.

UN PRESIDENTE INVISIBLE. Todo está por ver. Pero el manotazo de Ayuso sobre la Moncloa ha dejado desnudo al presidente del Gobierno. Con todo al aire. Y eso que era tonta. Pedro Sánchez puede recuperar la corona, quien lo sabe, pero de momento ha perdido la aureola: hasta ahora, bajo los muros fortificados de Palacio, al líder supremo se le han ido disimulando el desgobierno y las mentiras, el desbarajuste y la falta de gestión, la propaganda y el sectarismo, pero la ventisca madrileña ha invocado la duda en las filas socialistas y en la calle, y lo que antes se mostraba invencible y tocado por la magia, un dinosaurio demoledor, ahora no parece más que un ratoncito cabreado que no ha hecho más que acumular derrotas políticas y torpezas gubernamentales. Fracasos que, además, se intentan desviar hacia las responsabilidades autonómicas en esta España por diecisiete capaz de aguantarlo todo. Aguantar incluso a un presidente invisible cuando más se necesita un liderazgo y un gobernante de verdad, aunque la pregunta ya está en el aire: ¿hasta cuándo? Gobernar a golpe de estrategia de serie televisiva y eslóganes de confrontación y medio pelo es una mentira que vuela corto. El poder es tan volátil como la debilidad de quienes lo detentan. Y ahí está Madrid.

EL BÚNKER DE PAGE. Así las cosas, el ruedo socialista empieza a alborotarse. El presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, ha vuelto a marcar distancias con el Gobierno, especialmente en la gestión de la pandemia y el fin del estado de alarma, y está sentando posiciones. Va por libre, en la medida que se puede. Page sigue construyendo su búnker por lo que pueda pasar y sin oportunismos: es un socialista del PSOE que nunca fue sanchista y esa lealtad, siempre en el filo del riesgo, le concede crédito y coherencia para marcar el paso por su cuenta, aunque en la foto oficial salga movido y en descuadre. Sánchez y los amarres de su régimen no tienen buena prensa en el Palacio de Fuensalida y ahora Page, a la vista de lo que tenga que venir, tendrá que jugar sus cartas y apostar fuerte para mantener su territorio. El ayusazo lo cambia todo, así que el momento empieza a recordar al “sálvese quien pueda” de otras épocas, aunque todavía Sánchez no haya llegado al punto de descomposición en el que todo es arena movediza. La gestión sanchista del covid merece una enmienda a la totalidad, pero el presidente del Gobierno tiene demostrado que es un superviviente y lleva dentro muchas vidas, lo cual es otro gran argumento para Page a la hora de velar por su cantón. Mucho cuidado: los coletazos del león herido también pueden ser de muerte.

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