Buenos Humos

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Pedro A. López Gayarre

Precariedad laboral en la banca y banca social

Quién nos iba a decir que en solo una generación el empleo en banca se convertiría en uno de los más precarios, volátiles e inestables del mercado laboral. Eso sí, nunca se exigió tantas titulaciones universitarias y cualidades personales, ni las condiciones laborales fueron tan duras.

Hace unos años ser empleado de un banco te aseguraba un empleo para toda la vida, hoy entrar y permanecer unos cuantos años en el sector con una mínima estabilidad se ha convertido en una rareza. El sector ha entrado en un sistema de rotación permanente en el que deglute miles de titulados universitarios jóvenes a los que utiliza como mano de obra barata en una máquina de sustitución de los veteranos que tenían unas condiciones laborales infinitamente superiores a los novatos. En realidad, el supuesto rejuvenecimiento de plantillas sirve, además de la reducción de costes para una continua precarización del empleo de los jóvenes, muchos de los cuales acaban tirando la toalla. Se podrá decir, y así habrá que aceptarlo, que esa proletarización del empleado de banca hasta extremos que no se viven en casi ningún otro sector, es solamente uno de los efectos de la crisis bancaria que, como vemos estos días, sigue coleando como una de esas olas de la pandemia que no cesa.

Y sin embargo, en algún momento, la fundación de las Cajas de Ahorro, trajo a la banca uno de esos aires de reformismo social que arrancaba de los Montes de Piedad, los intentos de de Banca Social promovidos por la Iglesia o aquellos Pósitos municipales que intentaban proteger a sus vecinos. Pero la crisis del 2008, arrasó con todo aquello. Lo que quebró no fueron los bancos sino algunas cajas de ahorro, arruinadas por el intervencionismo de unos políticos que se pusieron a jugar y a vivir como banqueros. Una plaga de langosta que acabó para unas cuantas generaciones con la noble idea de una banca, del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, como la democracia americana.

Una pena, porque en el esfuerzo realizado por ese Estado que somos todos al menos uno creía que además de los depósitos de los impositores se garantizaría una buena  parte del empleo en la inevitable reconversión. Hoy, los restos mayores del naufragio que es CaixaBank, nos muestran la dura realidad que hay tras los nuevos ERES.

De la idea de una banca social que soñaron los reformistas del XVIII y el clero que veía padecer la usura a sus feligreses, apenas queda la idea de las Cajas Rurales, su obra social, su vocación rural y su pretensión de distinguirse en las condiciones de trabajo de sus empleados. Que así sea.

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