FUNDACIÓN HADA MADRINA

El cuento de hadas madrinas de Estela y Gustavo en un pequeño pueblo de Cuenca

Imagen de Torrubia del Campo Imagen de Torrubia del Campo

Estela y Gustavo, una pareja uruguaya, han podido empezar una nueva vida en un pequeño pueblo de España después de haber sobrevivido en la calle sin trabajo y sin hogar, gracias a una iniciativa solidaria que ayuda a cientos de familias desprotegidas, muchas de ellas migrantes.

La Fundación Madrina les “cambió la vida”, cuenta Gustavo a Efe tras ver su nueva casa en Torrubia del Campo, el pueblo al que acaban de llegar con su pequeño, Iker.

“Un punto de partida”, confiesa esta pareja, a la que el destino dejó un día en la calle y ahora los trae a esta localidad de la provincia de Cuenca, en el centro de España.

“Es un día muy bonito”, relata a Efe el presidente de la fundación, Conrado Giménez, que junto con otros miembros de la entidad acompaña a la familia uruguaya desde Madrid a su nuevo hogar.

“Ayer dormían en un sofá”, acogidos por la asistencia social del Ayuntamiento de Madrid, y “hoy tienen una cama”, narra el fundador de esta entidad benéfica.

Pueblos Madrina es una iniciativa de la fundación que ha dado a más de trescientas familias con más de un millar de niños, españolas y migrantes, muchas de América Latina, una nueva oportunidad en zonas rurales en España que padecen un grave problema de despoblación.

El viaje desde Madrid, de una hora y media por carretera hasta Torrubia del Campo, lo aprovechan además para que otras familias en situaciones similares conozcan otras casas el pueblo en las que podrían iniciar una nueva vida.

Las colas del hambre, como se conoce a las filas de gente que espera para recibir alimentos, son cada vez más largas en la capital de España, lamenta Giménez.

La crisis por la pandemia va en aumento, con parejas o madres solas con hijos que se ven en la calle en medio de una creciente pobreza extrema.

Una nueva vida

Pero ahora Estela y Gustavo empiezan esta nueva vida con un hogar y un trabajo para él.

El alcalde de Torrubia del Campo, Pedro Romeral, muestra su satisfacción al ver una nueva familia en el pueblo, que apenas llega a los trescientos habitantes en una zona de la España vaciada, como se conoce en el país al problema de la despoblación rural.

Al igual que el empresario Javier Román, cuya empresa de panadería Chapela en la cercana Tarancón da empleo a Gustavo y además él mismo facilita la casa a la pareja.

El empleador se fue a Madrid a buscar trabajadores tras ver en un periódico el drama de familias en la calle tras perderlo todo.

Las colas del hambre se han convertido en “colas de familias sin techo, durmiendo en algún parque” con sus hijos menores, lamenta Conrado Giménez.

La Fundación Madrina va a pequeños pueblos, pues la mayoría tienen como mucho cuatrocientos habitantes, a hablar con alcaldes, maestros y con quien pueda ayudar a esas familias, que a su vez contribuyen en muchos casos a que no cierre su escuela por falta de niños.

La entidad establece con las familias un “contrato social” que fija unos objetivos, como la escolarización de los niños o el conseguir trabajo, para evitar una vuelta atrás si no se integran en el pueblo.

Los pequeños sufren especialmente el estrés de la ciudad ante traumas como el ver a su familia desahuciada de su casa y sin poder comer, lo que conlleva fracaso escolar y hasta la pérdida del cabello.

Pero llegar a uno de estos pueblos, donde pueden jugar en la calle sin peligro, les devuelve la sonrisa, vuelven a sacar buenas notas en clase e incluso les crece de nuevo el pelo, sentencia Giménez.

“El problema de la pandemia puede ser una oportunidad” gracias a iniciativas como esta, que tiene otras quinientas familias en lista de espera en su anhelo de cambiar de vida, concluye.

Estela, Gustavo y su hijo Iker, de dos años y medio, disfrutan en un columpio en una plaza desde la que se ven los campos verdes de cereal, los viñedos y olivares que rodean a partir de ahora esta nueva experiencia en Torrubia del Campo dejando atrás su etapa en Madrid. 

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