El Comentario

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Juan M. Delafuente

Castellio contra Calvino: conciencia contra violencia

Juan M. Delafuente Juan M. Delafuente

Stefan Zweig (1881-1942) escribe el libro en 1935 aunque no ha perdido actualidad, de Editorial Acantilado, 252 páginas. Del autor ya han sido traducidos y publicados más de 70 títulos. Es una obra densa y sin embargo de lectura ágil y apasionante, te atrapa desde el principio. Zweig, de quién Thomas Mann afirmó que su “…fama alcanzaría hasta el último rincón de la tierra”, y no se equivocó; hace patente su consumada maestría penetrando en los más recónditos intersticios de la conciencia de los personajes. Zweig se exilió  de Austria a causa de los nazis y todas sus obras fueron condenadas a la hoguera, por ser “literatura judía y degenerada”, más de lo mismo.

El libro se gesta porque un pastor calvinista de Ginebra escribió en 1935 a Zweig proponiéndole escribir un libro sobre Sebastián Castellio. Zweig no lo dudó ni un momento: "Pocas veces una personalidad me había fascinado de tal manera y había despertado mi simpatía". Entonces y ahora, el libro va contra corriente y aunque ya llueve menos, no escampa.

Sebastián Castellio –católico- es ecuánime y comprensivo. Juan Calvino (1509-1564) –protestante- es el prototipo del fanático intolerante. Zweig –protestante de ascendencia judía- describe la controversia como: “Tolerancia frente a intolerancia, libertad frente a tutela, humanismo frente a fanatismo, individualismo frente a mecanización, conciencia frente a violencia”. Lo que se dilucida en la disputa ha sido crucial para la historia, una influencia decisiva que llega hasta nuestros días. Se desarrolla a mediados el  siglo XVI, pero las consecuencias de las ideas calvinistas transformarían el mundo. Zweig aunque se muestre fascinado con Castellio no toma partido por él ni tampoco manipula lo defendido por Calvino.

Zweig encaja el libro sobre la controversia entre Calvino y Castellio centrado en el proceso del médico y teólogo español Miguel Servet (nacido en 1511 en Navarra), fue condenado a muerte por hereje y quemado en la hoguera de forma cruel. Servet, protestante también, envió a Calvino un escrito en el que discrepaba sobre algunas tesis de su Instrucción, referidas a la Trinidad. Calvino lo persiguió con inquina hasta juzgarlo y junto a sus libros heréticos fue quemado en la hoguera, a fuego lento -dos horas-, en Ginebra el 27 de octubre de 1553.

Para adentrarse en el contenido del libro es clave el escrito de Calvino: Instrucción sobre la fe cristiana (1536), la Instrucción hace de “bisagra en la que gira nuestra controversia", resalta la corrupción de la naturaleza humana por el pecado original y la pérdida del libre albedrío, porque el hombre no tiene “…desde el cráneo hasta la planta de los pies, la más mínima huella de bondad”, aunque Dios elige a los predestinados a su gloria. El éxito terreno de los elegidos es una prueba fehaciente de su elección predestinada. La Instrucción hace de constitución política y religiosa que regirá la “ciudad de dios”. Esta constitución hará de Ley de leyes: las ordenanzas municipales, las escuelas, la universidad, la ley, la justicia, la policía, la economía, la moral…, toda la vida se regirá por la Instrucción de Calvino, cualquier disonancia de facto, por escrito o de palabra será reprimida con la cárcel, con el destierro o la hoguera. No se trata de persuadir sino de imponer.

Con la Instrucción de Calvino, Ginebra se convierte en la nueva Jerusalén donde el poder civil queda subordinado a la iglesia calvinista, será el nuevo ejemplo a seguir como dictadura teocrática totalizadora.

Seguramente muchos discreparían con Calvino, pero el miedo a la delación hacía imposible la denuncia. Castellio profesor y traductor de la Biblia al latín y al francés, con una conciencia moral justa e indeleble, sí se atrevió a discrepar con su obra: "Contra el libelo de Calvino", por supuesto que el libro no pudo ser imprimido en vida del autor. Es más, pocos dudan que Castellio se salvó de la hoguera porque su corazón le jugó una mala pasada: dejó de latir. Curiosamente, a pesar de la represión, el pueblo reacciona y le da un último homenaje con un entierro multitudinario.

Castellio se enfrenta a Calvino con palabras sencillas y humildes, llenas de sentido común: "Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre". Es el amor quien debe iluminar el espíritu, porque todas las cuestiones “no son tan claras y evidentes como que sólo hay un Dios”, entonces “los cristianos no deben juzgarse los unos a los otros” sino que lo importante es ser “mejores y más compasivos", el Dios cristiano de los evangelios es esencialmente Amor, que perdona setenta veces siete, siempre. Para Castellio: “Las verdades se pueden difundir, pero no imponer”. “Ninguna doctrina será más cierta, ninguna verdad más verdadera porque se encolerice [...] Y aunque una verdad se invoque en nombre de Dios una y mil veces y se declare santa, nunca puede considerar legítimo destruir el santuario de la vida de un hombre [...] todo hombre que sufre y muere por sus convicciones es una víctima inocente asesinada”.

La apología sobre la tolerancia y la libertad de las conciencias que Castellio defiende tienen también raíces evangélicas porque la conciencia es el reducto íntimo de cada persona para auto-determinarse libremente a amar a Dios y por ello será juzgado. El hombre es libre, no está predestinado, su conciencia no es instintiva, la conciencia es propiamente libertad, es “la experiencia de Dios” en el alma. Los poderes públicos y religiosos  no deben violar jamás este santuario de la conciencia individual, violentarlo es barbarie. Esto es, para Castellio la conciencia es sagrada y debe amparar la libertad religiosa, su defensa ante el poder político o religioso es un deber aunque conlleve el martirio. En definitiva, Castellio concluye y califica la quema de Servet como un asesinato.

La clave del libro se basa en el proceso y muerte de Servet, pero esta intolerancia extrema tiene sus raíces teológicas en el dogma de la predestinación calvinista,  que conlleva un régimen de ascetismo civil forzoso, con asistencia obligatoria al sermón de su parroquia dos veces los domingos y tres a lo largo de la semana, por supuesto que desaparecieron de Ginebra  las tabernas y los teatros; incluso las risas, la música y los cantos serán reprimidos porque son una muestra de extravío de la Instrucción. Cualquier efusión amorosa podría tener consecuencias trágicas. El trabajo duro y los oficios religiosos era norma obligatoria y moldearon el carácter ginebrino que se extendió por media Europa como muestra de elección predeterminada por Dios.

Esta controversia moral del ascetismo calvinista trasciende el siglo XVI y llega hasta nuestros días, porque la instauración impuesta del espíritu de ascetismo civil, rígido y severo, propicia virtudes de emprendimiento burgués como la austeridad, el ahorro, la racionalidad económica y la moderación. Calvino llega a elevar el ahorro a virtud cardinal como la  prudencia, la templanza o la fortaleza. Y la usura no solo la autoriza sino que también la considera un signo de racionalidad.

Zweig hace de Calvino una radiografía psicológica de un carácter violento y por ende, la sociedad donde impera tenía un componente inhumano, de violencia individual y de represión colectiva, porque en esencia, los métodos empleados, recuerdan a la guerra santa, a la yihad. Sin embargo, aunque desde la perspectiva actual, parezca un régimen insoportable, durante siglos, medio mundo ha justificado lo logrado con estos métodos: “la ciudad del dios” calvinista era una comunidad sin vicios públicos, sin desordenes, sin corrupción, austera y ahorradora, sin doblez en los negocios, era una muestra de predilección divina. El mismo Calvino vivía así, incluso a sus amigos, de probada virtud, les encarga la búsqueda de esposa, también de probada virtud.

Zweig, para apoyar su tesis, cita el famoso libro de Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Cuando leí el libro, a mediados de los setenta, en la facultad de económicas de la UAM, me impactó. La tesis es que racionalidad económica, ascesis civil y ética protestante son el germen del capitalismo. La predestinación calvinista señala al “elegido con una fe eficaz”, regenerando la materia caída y su santificación para mayor gloria de Dios. La prueba real del elegido es el éxito, la riqueza, por eso es preciso trabajar sin descanso, perder el  tiempo es condenable, porque el tiempo es valioso, es oro. Tanto los calvinistas como sus seguidores los puritanos anglos consideran que el tiempo y el mundo son un activo económico, la riqueza no es sospechosa o tolerada, sino es un signo de la bendición divina y sus poseedores unos elegidos.

Limitar el nacimiento del capitalismo a la mentalidad calvinista es un reduccionismo que hoy nadie defiende. Indudablemente ya había evidencias empíricas en las repúblicas italianas de racionalidad económica, de ascetismo en el trabajo, de praxis bancaria y de éxito económico, era un capitalismo con alma. Zweig considera que el calvinismo y sus hermanos puritanos tenían en sus venas un individualismo egocéntrico que propiciaba un capitalismo que ansiaba el dinero por encima de las personas; y en el fondo conlleva un darwinismo social en el que solo los más aptos sobreviven y triunfan, para el puritanismo sería un proceso competitivo natural y predeterminado que selecciona a los elegidos y segrega a los condenados. Evidentemente esta forma de pensar y proceder se suavizó con el tiempo, pero incluso para los padres del liberalismo moderno como John Locke, de influencia decisiva y determinante en la historia del capitalismo, la pobreza era un signo de corrupción moral, así lo asevera en su “Ensayo sobre la ley de pobres” y lo escrito, escrito está.

Stefan Zweig logra con el libro Castellio contra Calvino una cumbre apasionante, con su estilo impecable y su gran profundidad psicológica, retrata un duelo entre un “mosquito contra el elefante”, como lo define el propio Castellio, un duelo entre la libertad de las conciencias y la intolerancia. 

Juan M Delafuente

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