El Comentario

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Braulio RODRÍGUEZ PLAZA

Meditación de Viernes Santo 

Nos situamos en la tarde del 2 de abril de 2021. Es Viernes Santo, en la celebración de la muerte de Cristo, día segundo del Triduo Pascual. Hemos oído ya el relato de la pasión de Jesús en el evangelio de san Juan (18,1-19,42) que sigue a lo que el profeta Isaías dice en el cuarto canto del Siervo de Dios, el que fue contado entre los pecadores porque expuso su vida a la muerte, tomando el pecado de “muchos”, esto es, de todos. Me permito señalarles, en esa celebración, la mostración de la Cruz en la que Cristo muere y a la que todos adoran al menos con una inclinación en este año todavía con pandemia.

Olvidamos con frecuencia que el misterio de la Cruz contiene un carácter universal. Ya había dicho Jesús: “Cuando sea exaltado, todo lo atraeré a Mí”. Todas las cosas gravitan en torno a este Cristo puesto en la Cruz. Solo así ha podido Jesús unir dos pueblos separados (Israel y las naciones o “los gentiles), y abatir el muro que se alzaba entre ellos, unificando los pueblos de la tierra en uno nuevo. “Ahora, en Jesucristo, todos los que estabais separados os habéis unido por la Sangre de Cristo, porque Él es nuestra paz” (Ef 2,13-14). Él es quien de dos pueblos ha hecho uno solo. Es justamente esto lo que, de otro modo y con gestos de cercanía, ha proclamado el Papa Francisco en Irak con su reciente viaje.

Es un gran misterio de unidad que se realiza por medio de la Cruz, es decir, por la renuncia de los pueblos a sus propios privilegios y aceptar que otros pueblos participen en lo que ellos tienen. Este aspecto universalista de la Cruz es lo que se pone de relieve en la celebración no sólo del Viernes Santo, sino en cada celebración de la Misa por “los muchos”, es decir, todo el mundo y su salud. Es san Hipólito de Roma (siglo II) quien habla de la Cruz como el “Árbol cósmico”. Merece la pena leer lo escrito por este Padre de la Iglesia:

“Este madero de la Cruz me pertenece para mi salvación eterna. De él me alimento, me afirmo en sus raíces, descanso en sus ramas, me abandono a sus inspiraciones con delicia como al soplo del viento. Este árbol, que se alza hasta lo más excelso, se eleva desde la tierra al cielo. Planta inmortal que se extiende hasta el centro del cielo y la tierra, firme apoyo del Universo, vínculo de todo lo creado, soporte de todos los países habitados, enlace cósmico, abarcando en sí toda la variedad del género humano; fijo por los clavos invisibles del Espíritu, para no vacilar en su sujeción a lo divino; alcanzando el cielo por su parte superior, afirmándose en la tierra por sus plantas y encerrando en el espacio intermedio la atmósfera entera, con sus brazos inconmensurables. 

Ha llegado hasta todas las partes, a todas las cosas, y él solo, desguarnecido, ha luchado contra las potestades aéreas. Cuando terminó el combate, los cielos se estremecieron, poco faltó para que cayesen las estrellas, el sol se oscureció por algún tiempo, las piedras se partieron, el mundo entero parecía perecer, pero Jesús-Dios entregó su alma, diciendo: `Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu´. Entonces, en su Ascensión, este divino Espíritu dio fuerza y vigor a todas las cosas que vacilaban, y un Universo entero se afirmó, como si su extensión sobre la Cruz y su Suplicio lo hubiera vivificado todo. ¡Oh Tú, que eres el Único, el Todo en todo! ¡Que los cielos acojan tu Espíritu y el Paraíso tu Alma, pero que tu Sangre sea recogida por la Tierra!”.

“El Verbo de Dios todopoderoso, dice san Ireneo, con su invisible presencia se encuentra al mismo tiempo en todo el mundo y abarca la anchura y la largura, la altura y la profundidad, porque por Él son regidas todas las cosas”. Precisamente ha sido crucificado en favor de todas ellas el Hijo de Dios. Entonces puso su sello sobre el universo entero en forma de Cruz, marcándolo con su signo, y esta Cruz, por la dirección de sus cuatro brazos, muestra claramente que abarca el universo, el cual fue sellado con ella.

Este abrazar el amor de Cristo con su Cruz a la Humanidad entera, se compara, pues, con un árbol profundamente arraigado, bajo el cual se congregan todas las cosas. Así Cristo es el Hombre nuevo, el que une en Sí mismo tanto a todo hombre y mujer, como a todos los hombres unos con otros. Esto únicamente puede hacerse por medio de la Cruz. He aquí por qué, en la actualidad, la tentación más fuerte de los hombres es la de intentar sacrificar una parte de sí mismos, como si el peso de lo divino se les hiciera demasiado abrumador. Quieren dejarlo a un lado, para dedicar todo su esfuerzo a la organización temporal de la vida humana, y a construir un mundo a la medida de un hombre que no tiene más aspiraciones que las materiales, en el que toda cuestión sobrenatural queda excluida. Es una poderosa tentación.

Parece como si, para los hombres y mujeres de hoy, el cristianismo resultara demasiado pesado de soportar: ésta es la crisis histórica y la situación que atraviesan los cristianos en la actualidad. Ante esta actitud, que es la de tantos hombres en nuestros días, el cristiano se encuentra como desarmado y atacado por una duda cruel. Piensa, con preocupación, si su cristianismo no le restará eficacia para sus actividades materiales, si los escrúpulos de su conciencia no le harán inepto para esos compromisos indignos y esas violencias que exige la vida en el mundo. Muchas veces se siente como excluido del combate, porque sus exigencias interiores son excesivas y porque, a causa de ellas, se encuentra como inadaptado para la lucha de cada día y el triunfo temporal. Y se esconde en su interioridad, en su cuartel, y no une lo que está unido: su vida de salvado por la Cruz de Cristo, que también acontece en su vida de ciudadano. Solo tenemos un fin como seres humanos.

Es necesario que comprenda, pues, que su vocación es, precisamente, la de no permitir que se quiera reducir el destino del hombre a las realidades materiales, intentando salvar cuanto en sí tiene de eterno. Ha de considerar al hombre en toda su profundidad. Si no hunde las raíces más profundas de su ser en este mundo de la Trinidad, pues el Padre envía a su Unigénito para hacer nuevas todas las cosas en el Espíritu Santo, no es un verdadero cristiano. No hay que considerar al cristianismo, ante todo, como una mera acción social, exterior. Estamos llamados a vivir en la intimidad con las tres Personas divinas, y nuestra alma está reservada a esta familiaridad con Dios, lo que representa la más profunda exaltación de nuestra dignidad.

El cristiano el Viernes Santo ha de considerar, además, a la Humanidad en toda su amplitud, y ser hombre de caridad. Es decir, ha de seguir a Jesús, tal como le vemos en nuestros hermanos; Jesús, tal y como se presenta actualmente en su Humanidad, asequible para nosotros, en todos los que sufren, en todos los que están enfermos, en todos los pobres, y a los que hemos de servir por la caridad. Esto es lo que representa la Cruz. Nos hace penetrar en las profundidades de Dios y, a la vez, se extiende hasta los límites mismos de la Humanidad entera; nos hunde en la contemplación divina y, al mismo tiempo, nos hace sentirnos íntimamente unidos a nuestros hermanos, los hombres y mujeres. Por eso todas las veces que hacemos la señal de la Cruz lo recordamos.

La Iglesia, en Viernes Santo, parece que se encuentra en la oscuridad: los hombres quieren limitar su actividad a una acción puramente temporal. Pero la Iglesia no acepta ni debe aceptar. Tiene que llevar a cabo su misión total, y aunque los hombres rechacen sus desvelos maternales, continuará inclinada sobre la Humanidad enferma, deseando atenderla en su totalidad y está segura de que su caridad terminará por triunfar sobre las resistencias que le opongan los hombres. Por eso no se asusta. No teme las persecuciones; sabe que hay tiempo. Deja que esta humanidad, quizá todavía demasiado joven, siga manifestando sus reacciones vivas, sus crisis de crecimiento. Está segura de que éstas pasarán y de que los hombres volverán a ella; en realidad, a Cristo Jesús, cuya Cruz es árbol con ramas a todas las direcciones, porque tiene raíces profundas en la Humanidad salvada y nueva. 

Braulio Rodríguez Plaza. Arzobispo emérito de Toledo

Firma invitada del Grupo Areópago

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