El Comentario

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Juan Manuel Delafuente

Fouché, el genio tenebroso 

Stefan Zweig (1881-1942) es un escritor judío, nacido en Viena, quizás uno de los más grandes y prolíficos escritores del siglo XX, con su gran ingenio y oficio retrata a sus personajes con maestría y precisión, sin retórica, siendo capaz de aunar su perfil psicológico con los acontecimientos, como  si de una consecuencia se tratara. La biografía de Joseph Fouché es una obra de arte, aunque lo mismo podría decirse de otras biografías suyas como la de María Antonieta o la de María Estuardo. Su lectura es absorbente y entretenida, clara y concisa, no es raro que Zweig se congratulara cuando lograba suprimir un párrafo superfluo. Zweig tiene una elegante habilidad narrativa que te atrapa, por ello no es de extrañar que fuera uno de los autores más leídos y su presencia bastara para llenar auditorios.

Zweig escribe un libro de  280 páginas, (editorial Acantilado, está reeditando su enorme obra), titulado: "Fouché, el genio tenebroso", en el que le llega a definir al personaje como “uno de los hombres más extraordinarios de todos los tiempos”. Balzac también le pondera, cuando asevera que Fouché tuvo “…más poder sobre los hombres que el mismo Napoleón”. Que Zweig le reconozca su extraordinaria capacidad no quiere decir que no le llegara a retratar como un artero y auténtico Maquiavelo, eso sí, sin hacer concesiones ni alardes de cara a la galería. Se adentra en el protagonista definiéndole como un astuto e incansable trabajador muy eficaz, aunque a veces áspero o servil, pero siempre silente y cauto. Fouché era y hacía lo que tocaba hacer en cada momento, de ahí que de rabioso jacobino pasara a furibundo comunista o a implacable ministro de Policía del Directorio y después de Napoleón, ni que decir tiene que tampoco hizo ascos al ducado de Otranto, y para rematar el puzle fue también ministro de Luis XVIII. En parte llevan razón Zweig y Balzac: pocos personajes históricos fueron capaces de influir tanto en su época y de forma tan decisiva. Ya al principio del libro, Zweig retrata al personaje magistralmente: “Cuesta cierto esfuerzo imaginar que el mismo hombre, con igual piel y los mismos cabellos, era en 1790 profesor en un seminario y en 1792 saqueador de iglesias, en 1793 comunista y cinco años después ya multimillonario, y otros diez años después duque de Otranto. Pero cuanto más audaces eran sus transformaciones, tanto más interesante me resultaba el carácter, o más bien no carácter, de este hombre, el más consumado maquiavélico de la Edad Contemporánea, tanto más incitante se me hacía su vida política, completamente envuelta en secretos y segundos planos, tanto más peculiar, hasta demoníaca, su figura.”

La Revolución Francesa y Napoleón tuvieron una importancia capital en el devenir de la historia europea que es tanto como decir mundial. Zweig acomete estos hechos históricos trascendentales a través de un personaje nada atractivo aparentemente, como si de un actor de reparto se tratara, pero que cuando se profundiza en el sujeto, aparece un muñidor perspicaz que teje la historia de forma determinante. Dice Zweig que a Napoleón le causaba un cierto miedo, pues “no se siente obligado a ser fiel de por vida ni siquiera a Dios”.

Narra Zweig que con veinte años Fouché enseñaba en colegios como novicio, aunque no llegó a ordenarse. Pronto ingresó en la masonería y frecuentaba cenáculos revolucionarios, entonces fue cuando conoció a Robespierre. Dejó la enseñanza, colgó los hábitos y se casó, tuvo siete hijos aunque sobrevivieron cuatro. Con la Convención Nacional fue elegido diputado girondino aunque ya frecuentaba los círculos jacobinos donde vuelve a encontrarse con Robespierre. Fouché no tuvo ningún problema en pasarse de la bancada de la derecha (girondinos) a la bancada de la izquierda (jacobinos). Por supuesto que votó el regicidio de Luis XVI en 1793, justificando el voto favorable de forma artera: porque el rey intentaba comprar con “oro la conciencia de los diputados”. Destinado por la Convención a Nevers tuvo un gran éxito político y social por su eficaz gestión. Mediante el “decreto del Terror” la Convención le obliga a trasladarse, como adjunto, a Lyon con la misión de que “fuera destruida” por ser el principal foco contrarrevolucionario. Aplica las órdenes con precisión y ejecutó a cerca de dos mil insurrectos. Terminada la misión, es requerido a París por Robespierre, se da cuenta de que está “inscrito en la columna de los muertos”, igual que Danton -pero este ya había sido guillotinado-. Fouché emplea toda su astucia en convencer a los líderes jacobinos para dar un golpe mediante el complot del 9 Thermidor  (24 de julio de 1794), gracias a Barras no es detenido y guillotinado, pero cae en desgracia entre los revolucionarios por la masacre de Lyon, le apodaron la “ametralladora de Lyon”.

En estos años sobrevive creando una empresa de hilaturas y después otra de suministro de víveres, que le proporcionaron suculentos beneficios. En 1797 empezó a bombardear a Barras con informes policiales comprometidos sobre todos los partidos del Directorio. Por fin consigue que le nombren embajador del Directorio en Milán, con la misión de propagar la revolución por Italia. Ante la situación convulsa es llamado a París por su amigo Barras y el ministro de Exteriores Talleyrand, le nombran embajador plenipotenciario de Holanda. En este puesto, Fouché está en su salsa, Nadie se explica cómo consigue que los militares franceses dirijan el ejército holandés prometiéndoles defenderles de la amenaza inglesa.

Regresa pronto y con el halo de habilidoso diplomático, su fama de duro y eficaz granjeada en Lyon, y ante el desorden reinante, es nombrado ministro de la Policía en julio de 1799, aunque deja el cargo en alguna ocasión, permanecerá en él hasta 1815, es decir, con el Directorio, el Imperio y la Restauración de Luis XVIII. Después del 18 Brumario, Bonaparte confirma a Fouché como ministro de la Policía, logra abortar varias conjuras y Napoleón premiará sus servicios otorgándole el título de duque de Otranto en 1809. El ahora duque, con su red de información y su capacidad para adelantarse a los acontecimientos mantiene la seguridad y el orden con decisión. Su poder rebasa con creces el de gendarmería, envía emisarios a Inglaterra y a Viena para negociar la paz. Napoleón quiere fusilarlo y Fouché le aconseja que proclame la república y se exilie a los Estados Unidos. Tras la batalla de Waterloo y la caída de Napoleón, Fouché negocia con las potencias aliadas y ejerce las funciones de jefe del Estado. Es artífice de la restauración monárquica y Luis XVIII lo mantiene como ministro de Policía. Fouché pide al rey que promulgue una amnistía general, pero los monárquicos no le perdonan y teme por su vida, no obstante a pesar de las trabas electorales logra ser elegido diputado por París. Sin embargo, será relegado a embajador y ante la aprobación de la ley que proscribe a los regicidas, se tuvo que refugiar en el Imperio austríaco, fallece en Trieste en 1820.

Con miles de razones Fouché, duque de Otranto, pedía al Rey una amplia amnistía, ¡cuántos aristócratas fueron guillotinados por el mero hecho de serlo! ¡Pero si hasta Luis XVI y María Antonieta fueron guillotinados con su voto favorable!, en fin era la revolución francesa, otros tiempos. Dejó un enorme capital por un valor de 14 millones de francos, en aquellos tiempos una de las fortunas más grandes de Francia. Todo está justificado, era la revolución francesa.

Zweig retrata a un hombre gris pero hábil, con gran capacidad y sin escrúpulos, todo era justificable porque pensaba que la política estaba sujeta a una “moral de las circunstancias”, es decir lo que ahora conocemos como moral de situación, Fouché fue un adelantado a su tiempo en la degradación moral de la política, eso sí, siempre con razones de estado más que justificadas. Ejerció el poder en aquella cruenta revolución, con circunstancias históricas tan cambiantes, porque tenía información y como tenía información seguía teniendo más poder. Luis XVI cayó, Fouché fue diputado de la Convención; Dantón, Robespierre y otros muchos compañeros cayeron, Fouché fue nombrado ministro, Napoleón cayó y Fouché siguió siendo ministro, restauró a Luis XVIII y además de ministro fue elegido diputado por París. En fin un personaje digno de ser retratado por un gran escritor: Stefan Zweig, que sin duda escribió un gran libro: "Fouché el genio tenebroso".

Juan M. Delafuente

 

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