El Comentario

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Juan M. Delafuente

Nuestro Hombre: Richard Holbrooke y el fin del Siglo americano

Juan M. Delafuente Juan M. Delafuente

George Packer, periodista del The New Yorker durante más de quince años, es el autor de libro “Nuestro Hombre: Richard Holbrooke y el Fin del Siglo Americano”, de 664 páginas, en el que evoca “Nuestro hombre en La Habana”, de Graham Greene, pero no tiene nada que ver, más que en el título.

Es una biografía novelada de la vida diplomática de Richard Holbrooke (1941-2010), pero también disecciona la historia de la política exterior norteamericana, aunque el autor lo niega. La narración de la vida de Richard Holbrooke es entretenida aunque quizá demasiado larga. La exposición de  los hechos históricos de la política exterior norteamericana denota la capacidad narrativa del autor y su agudeza para mostrar como normal el apabullante liderazgo de EEUU y su  inmenso poder, pero también la miseria que revela la decadencia que ya se vislumbra a raudales en una época que el autor bautiza como “el siglo americano”, encarnando a Holbrooke como escaparate diplomático  de la narración.

La novela tiene un cierto sabor agridulce porque Holbrooke no deja de ser un personaje que intriga y entretiene pero también decepciona por su egolatría, ambición y una cierta frivolidad. El meollo de la biografía, claro está, es la política exterior norteamericana durante las guerras de Vietnam, Afganistán y Bosnia; con Kennedy, Johnson, Carter, Clinton hasta Obama. Packer tiene la habilidad narrativa de entrecruzar la vida de Holbrooke con los acontecimientos internacionales: sus tres matrimonios y devaneos sentimentales sin entrar en espesuras; su dejación de funciones como padre, sus amistades y sus enemigos; sus trabajos financieros en Wall Street y Lehman Brothers. Toda esta amalgama de situaciones se entreteje con la personalidad a veces idealista y siempre ambiciosa de Holbrooke. Packer  compone magistralmente un cuadro moderno atiborrado de colorido.

Richard Holbrooke, era hijo de emigrantes judíos polacos que huyeron de los nazis; su padre, Abraham Dan Goldbraich, médico, se cambió el apellido para asimilarse mejor con el país de acogida. La muerte temprana de su padre hizo que el joven Holbrooke se refugiara en la familia de su amigo David Rusk, hijo del que fuera Secretario de Estado con Kennedy en diciembre de 1960. Quizá esta relación, después de licenciarse en 1962 en la Universidad de Brown, le llevaría a ingresar en el Cuerpo Diplomático de Servicios Exteriores EEUU.

Inmediatamente fue enviado al sur de Vietnam hasta 1966 e incluso formó parte de la delegación americana en las conversaciones de paz de París en 1968-69 que pusieron fin a la guerra y derrota de los EEUU. Entre 1970 y 1972 fue director del  Servicio de Paz del conflicto de Marruecos en el Sahara. Posteriormente continuó en Asuntos Exteriores, pero también editó la revista trimestral Foreign Policy (1972-76). Con Jimmy Carter regresó al gobierno en 1977 como subsecretario de Estado para asuntos de Asia Oriental y el Pacífico. En plenitud de su carrera y con una ambición desbordada, entre 1981 a 1985, Holbrooke fue vicepresidente de  una consultora y asesor de Lehman Brothers, aunque llegó a ser director general de la firma, en 1996 también fue nombrado vicepresidente de Crédit Suisse. 

Con la llegada del partido Demócrata, Bill Clinton le nombró embajador en Alemania (1993-94) y después subsecretario de Estado para asuntos europeos y canadienses (1994-95). Puso todo su saber y ambición en solucionar el conflicto de los Balcanes, logró que las partes se trasladaran a EEUU a la base de Dayton para negociar, Holbrooke fue la figura clave y principal negociador norteamericano, empleando a veces la diplomacia, otras la intimidación, pero en definitiva logró un acuerdo que sentó las bases para una paz duradera en Bosnia Herzegovina, gracias a la firma de los Acuerdos de Dayton de 1995. Parecía que su sueño había llegado: ser secretario de Estado, pero fue elegida Madeleine Albright.

En 1997 fue nombrado enviado especial en Chipre, para negociar una solución de la disputa sobre la isla entre Grecia y Turquía. En 1998 Holbrooke también fue requerido para intermediar en el conflicto étnico en Kosovo entre los serbios y la mayoría albanesa. Solo consiguió la paz a regañadientes de los serbios después de bombardear diversos objetivos de Belgrado. Su enorme capacidad negociadora era su principal baza junto con la persuasión y coacción.

Bill Clinton le nombró Representante de EE.UU. en las Naciones Unidas, en la toma de posesión recordó emocionado la visita que hizo con su padre, cuando tenía ocho años, a la sede de Naciones Unidas, todavía en obras, y su padre le explicó que esta institución evitaría las guerras como las que provocaron su exilio de Polonia, evidentemente se equivocó. Consiguió, como embajador, solucionar un grave conflicto económico de la ONU, relativo a las cuotas adeudadas por EEUU, entrevistándose con la mayoría de los senadores, incluso republicanos, hasta conseguir la aprobación de la Ley Helms-Biden que autorizó el pago de casi mil millones de dólares a la ONU, aunque redujo la cuota anual.

Las responsabilidades pecuniarias por sus tres matrimonios, sus varias mansiones y en general su ritmo de vida acelerado provocaba excesivos gastos y le avocaba a tener que alternar el servicio público con el sector privado, por ello se incorporó como vicepresidente de un fondo de capital-riesgo, en España sería del todo imposible. Elegido presidente Barack Obama en el 2009, Holbrooke fue nombrado representante especial en Afganistán y Pakistán, ni que decir tiene que la ambición de poder pudo más que dinero, dejó los cargos privados tan bien remunerados y para equilibrar el desfase económico tuvo que vender una de sus mansiones.

En fin, el libro transcurre desde la década de los cuarenta hasta la primera década del siglo XXI, desde  Kennedy a Obama, período que el autor califica como el “siglo americano”. Una época que deja como una especie de resabio agridulce, como si de una elegía se tratara tanto la vida de Holbrooke como el orden mundial impuesto por EEUU al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Holbrooke quería ser como Kissinger pero no lo consiguió, Hilary Clinton le hubiera nombrado pero Obama le tenía una gran antipatía; lo mismo le pasó con su nominación al premio Nobel de la Paz por los acuerdos de Dayton, tanta campaña se hizo a sí mismo que Clinton dijo que fue la causa principal de que no se lo concedieran. A pesar de todo, de su ambición desmedida, Richard Holbrooke resulta simpático al lector, porque ponía toda la pasión en cada misión y creía firmemente de buena fe que EEUU era el guardián del mundo y por eso ponía todos los medios, a veces hasta los ilícitos. Baste como ejemplo que en alguna ocasión Obama se enfadó con él por filtrar a la prensa documentos relevantes.

Packer, no encuentra mejor forma de explicar la inmensa pasión que ponía Holbrooke que cita el versículo 9:10 del Eclesiastés “Todo lo que tu mano halle para hacer, hazlo según tus fuerzas”.  Tanta ardor ponía que su corazón estalló durante una reunión con la secretaria de Estado Hillary Clinton.

Juan M. Delafuente

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